Cuentos

¡YA VIENEN!

Traté de evitar el complot. Fui uno de los rebeldes de las fuerzas de defensa de la bandera amarilla, verde y azul. Llegaron y nos engañaron, nos dijeron que eran amigos. Nuestras fuerzas estaban menguando en la frontera con Honduras. Nadie los podía detener. De un día para otro comenzamos a perder la memoria y nuestros conocimientos empezaron a ser borrados sin que nos diéramos cuenta.

Primero fueron los de la Guyana Francesa, nos dieron el grito de alarma. Alguien del gobierno local se percató, y alertó  a los franceses. Su plataforma de lanzamiento había sido desmantelada y borrada de los registros en video y gubernamentales, así como de cualquier otro medio de difusión.

De un día para otro lo recordaron. Nadie se había dado cuenta. Habían pasado seis  meses y no había recuerdos ni nadie había visto la plataforma. Todo concordó. Ese acto impensable había sido realizado por los visitantes. Esos seres de poco más de dos metros, rojos y similares a los murciélagos; pero pasó el tiempo, alguien descubrió su disfraz holográfico. Eran reptiles gigantes. Estaban en cantidades impensables.

El rumor se esparció como pólvora. Estos desgraciados se andaban apoderando silenciosamente del planeta, borrando nuestros archivos y nuestra historia. Hasta la gente se había olvidado de Jesucristo.

¡Ahí venían! Con sus cortinas de realidades falsas y sus mentiras como los virus. Cuando voltee a mi lado, dos de mis compañeros habían desaparecido, tan sólo cinco segundos antes estaban ahí. Tres segundos después, yo, perdí la consciencia.

Me levanto tocándome levemente la nuca. Mis articulaciones duelen, están tullidas. Todo está oscuro. Camino lento hacia el frente con los brazos extendidos, hasta tocar la pared de roca. Camino dando seguimiento a la conformación rocosa. Ando así unos 15 minutos, hasta que, por fin, veo algo de luz. Afuera está la selva. Salgo y avanzo sobre la tierra arenosa. Esta es negruzca. Levanto la vista  y veo una formación volcánica que no estaba ahí, ‘¿de dónde viene esta selva y la cueva? ¿Por qué mi ropa está raída y a punto de desprenderse?’

Avanzo unos 50 minutos y veo un poblado. Me acerco. Es una ciudad pequeña. La recuerdo. Ahí nací, pero está distinta. Veo rascacielos y casas que no había visto jamás. Sin embargo, muchos de las construcciones se mantienen como las recuerdo. Camino hacia mi colonia, Las Flores. Me toco los bolsillos. El de la derecha se cae al suelo y parte de la tela casi se hace polvo; el de la izquierda se abre un poco de la tela pero se conserva. Siento la llave de mi casa, está a unas dos cuadras. Saco la llave y está casi toda oxidada , ¿servirá?

Pareciera que el tiempo pasó, ¿cuánto? Lo ignoro. Me paro frente a la hojalatería. Está como la recuerdo, pero la persona en el exterior es otra. Volteo al frente: al fondo de la calle y veo un par de domos blancos. De ahí salieron, eran cuatro. Una hembra y tres machos. Al principio sólo vi su carro con paquetes de metal brillante, que hacían como una columna que avanzaba.

Después percibí el color ¡Eran verdes! Voltee al empleado de la hojalatera.

–¡Señor! ¡Ahí vienen! ¡Hay que escondernos!

El encargado del negocio –que no me había prestado atención– me vio, su rostro mostraba incredulidad.

–¿Quién viene señor? –con tono calmo.

–¿Qué no los ve?

–¿A quién señor? –Sin tomarse la molestia de voltear a donde señalaba. Como si no supiera lo que yo decía.

–¡Es que están a media cuadra!¡Nos van a atrapar!

–Hay señor, si quiere le digo donde le pueden dar asistencia.

De repente comprendí. El hombre me veía andrajoso. Creía que estaba loco.

–¡¡¡SEÑOR!!! ¡Hágame caso! ¡Ya no hay tiempo!

–Calma, calma –y como que iba a iniciar su andar hacia mí.

–¡Eh, Manuel! Aquí le traigo un poco más de material.

El empleado se detuvo y volteó a quien le llamaba.

Yo me paralicé, ¡el reptil le hablaba por su nombre!

–Me lo vas a comprar a buen precio, ¿verdad? Que te traigo mucho desecho de metal.

–Hola Mary, a ver ¿cuánto es? –Y me dejó y se fue a saludarla.

En eso vi que salió un empleado que estaba en el interior de la hojalatería. Era el demonio mismo. Me sobresalté, ‘¿¡Un demonio empleado de un humano!?’

–Oiga patrón, ¿dónde pongo estos sacos de allá al fondo? Preguntó el rojizo ser alado.

–¿Otra vez? Pues allá, a la izquierda, hombre.

El empleado se volvió al interior. Yo me quedé exhausto, como cuando alguien después de mucho esfuerzo deja ir la tensión.

Habían pasado tres siglos. No sé cómo no morí en esa cueva; pero vivía. La guerra había terminado hace mucho. Los demonios y diablos eran los que habían organizado todo. Había sido todo una farsa. Casi al final se percataron de ello, los sobrevivientes se unieron y derrotaron a los alados. Ahora había casi la misma cantidad de humanos que de reptilianos y los demonios casi nunca llegaban a posiciones preponderantes. No lo sé, esos nunca eran muy brillantes, así me dijeron.

ERES MÍO

Me gusta caminar, voy por la ciudad recorriendo mis cinco kilómetros diarios. Me energiza. Me da ánimo de vida y, de paso, descubro lugares de la metrópolis. Voy por la Colonia Doctores, pasó por los famosos bares de la Avenida Cuauhtémoc. De repente un obstáculo bloquea el paso peatonal, un campamento, un sitio que lleva más de un año, ya parece residencia permanente de los quejosos. Cerraron su restaurante, no les han pagado los salarios caídos. Nadie los recuerda. Son restos de otra época. Sin embargo, el acantonamiento se ve sucio, oscuro. Mejor avanzo rápido, no vaya a pasar algo.

Avanzo un par de cuadras, <<¿cómo me vendría bien un poco de compañía? Hace más de un año que no frecuento a nadie>>. En eso veo El Bar Gallego, un antiguo refugio para desamparados y aventureros. Años han pasado. Aquí venía con mis compañeros de preparatoria a deliberar sobre la vida, sus ires y venires. Me entra la añoranza y decido entrar a tomar una bebida y aventarme una botanita de cueritos con vinagre y limón. No hay recepcionista y uno entra como Juan por su casa.

Adentro el ambiente es de algarabía y gozo, los comensales bebiendo cerveza u otra bebida discuten los hechos del día. Quisiera sentarme en una mesa, pero frente a la barra, parada, veo a una mujer alta, de tacones, con falta por arriba de las rodillas, un trajecito imitación sastre, pero un tanto informal, de color gris y una blusa blanca. Esta tomando lo que parece una copa de Martini y pagando una cuenta. Desde que entro no me pierde la mirada, y está dando el billete de pago por su bebida cuando me ve acercarme a la barra. Su cabello es corto y su cuerpo se nota aceitado. La piel de sus piernas, su cabello y su rostro se ve brillosa. Está provocadora pero su mirada es como si estuviera interesada en algo, en mí, en mi ser. Temo, pues pese al ambiente amigable del bar, es un lugar de mala muerte, aquí vienen personas de no muy buena reputación, ocasionalmente, y damas también.

Dudo, pero casi no se nota. Doy un paso hacia ella y sonríe al notarlo. Entonces declina pagar, casi sin desviar la mirada de mí.

–¿Hola?

–Hola, ¿qué tal?

–¿Gustas tomarte algo conmigo?

–Sí, encantada, ahí hay una mesa –dijo mientras dejaba el Martini vacío en la barra y señalaba una mesa a corta distancia.

–Eres bellísima.

–Gracias.

Nos sentamos.

–Y dime, ¿a qué te dedicas?

–Soy comerciante. Tengo un negocio de refacciones para automóviles por Donceles.

–¡Huy, qué interesante! –Enderezó un poco su tronco, luciendo aun más su pecho –. Debe ser una ocupación apasionante.

–Bueno, me agrada y me da para comer.

–¿Me invitas una copa?

–Claro.

Llamó al mesero y ordenó.

Seguimos platicando. Me comentó que era de Veracruz, de un pueblo cerca del Lago de Catemaco, que estaba solitaria y vivía con una amiga en un departamento cerca del bar. Realmente me sentí cómodo. Platicar con una mujer bonita me hacía falta.

A nuestro lado había un par de hombres haciendo un poco de ruido, quienes, algo muy común en este lugar, se contaban chistes de gallegos.

Sonia me comentó que era una mujer muy apasionada y buscaba alguien igual a ella y que fuera trabajador, para llevar una bonita amistad. Al escuchar esto me envalentoné, ¿qué podía pasar? Además la muchacha se veía noble. Por qué no ceder y darle a la vida la oportunidad de que me diera una sorpresa. Le platiqué de mi vida, de mis sueños, de cómo buscaba yo también lo mismo para compartir.

La veía contenta. Pidió otra copa y cuando menos me lo esperaba nos dimos unos besos. Ella me miró más alegre que sorprendida, pero comentó que esto no se lo esperaba y que sentía que si esto había sucedido es porque había buena química entre los dos. Entonces se me quedó mirando fijamente a los ojos y extendió sus manos y sujetó las mías. Parecía querer decirme algo importante a la vez que al lado los de los chistes levantaban la voz entusiasmados con su plática…

–…¿Y tú que traes que andas tan contento?…

–Roberto, ¿sé que es muy pronto pero habló de lo más profundo de mi ser?

–…Digo hombre que me he comprado una video…

–¿Confías en mí? Perdón, pero creo haber encontrado en ti al hombre que estaba buscando.

–…¿Una qué?…

–Soy una mujer que vale mucho la pena, pero necesito que me digas algo para seguir estando contigo.

–…Una video, una videocasetera…

–Necesito que me lo des todo, tu amor, tu cariño, tu entrega, todo tú y seré tuya, toda tuya. Te lo juro que no te arrepentirás.

–…¿Y cuándo? ¿Con qué te la habéis comprado si tú estás pobre?

–Sé que me acabas de conocer, pero te juro que valgo la pena. Por favor dime que te me entregas para que pueda ser tuya y hacerte feliz, es lo que más quisiera –En sus ojos se veía el brillo del ruego y la buena voluntad. Era una buena persona y me gustaba, no dejaría ir la oportunidad.

–…Vendí la tele…

Le apreté las manos y le dije –me entrego a ti de corazón, con todo mi ser para que podamos hacer de nosotros algo intenso y bonito.

–…Ja,ja,ja,ja, qué chiste más bobo.

Su mirada de inocencia en ese momento cambió a sería y con todo firme, de ansía y deseo dijo –No te arrepentirás –Y como fuego se acercó a mí y me infligió un beso de gula, de deseo, de pasión y perversión que abraza. Lo último que supe, a la mañana siguiente, es que desperté en el cuarto de su departamento, con ella al lado y como atontado.

Por un rato estuve sentado al borde de la cama tratando de recordar lo que había  pasado. Como pude me levanté e iba a salir del cuarto, con la intención de quitarme ese aturdimiento, cuando ella despertó y me extendió un papel.

–No se te vaya a olvidar la dirección y el teléfono.

Di la vuelta voltee a verla y tomé el papel. Cuando ya estaba afuera y había caminado unas cuadras sentí que el aturdimiento aumentaba. Era como si ondas de energía envolvieran mi cabeza y me impidieran razonar bien. Avancé unos pasos más y esas fuerzas sobre mi rostro me imposibilitaban pensar. Estaba perdido. No sabía a dónde estaba y me encontraba sumamente aturdido. Entonces recordé, cuando había tomado el papel y la vi el mareo había cesado. <<¡El papel! ¿Dónde estaba el papel?>> Desesperado puse la mano en el bolsillo y lo saqué. Leí la dirección como pude, retrocedí y desanduve mi camino. <<Ella debe de saber lo que me está pasando>>. Con trabajos reconocí el edificio de su departamento. Me costaba ubicar visualmente donde andaba. Subí y toqué a la puerta desesperado.

–¡Abre! ¡Abre, por favor!

–Ya, ya, ya voy, no tires la puerta.

Al abrir la puerta  y al verla todo cesó, mi vista se volvió nítida y el mareo cesó.

–¿Qué pasa? –dijo con tono de lo que parecía ser sorpresa.

–No sabía si sentirme aliviado o irritado, pero prevaleció lo segundo. <<¿Qué me había hecho esa mujer?>>. Sentí una opresión a los lados de mi cabeza al tan sólo pensar algo desleal contra ella.

–¿Qué acaso no me querías? Ya me tienes, ya soy tuya –Extendió la mano y me acarició la mollera como a un perrito querido.

–Ahora vas a estar conmigo todo el tiempo, vas a cumplir todos mis caprichos y serás feliz.

Al relajar mi pensamiento para escucharla me sentí liberado, la presión disminuyó, y por un instante, al verla directamente a los ojos, condescendiendo, sentí un alivio invitador. <<¿En dónde estaba? ¿Qué me había hecho esta mujer? ¿Quién era ella?>> No sabía como reaccionar.

Me agarró del brazo con una mano y, con la otra, tocó mi espalda y me encaminó a un banquito en la cocina. Estaba en shock pero ahora sentía una gran paz en mi cráneo. Me senté.

–Ahora vas a tomar tu desayuno –Y me acercó un tazón con cereal y leche que puso sobre mis piernas.

<<No, no, si no era un perrito>>, <<era un ser humano pensante y libre, con derecho a mis pensamientos y mis sentimientos>>. Al pensar esto la tensión comenzó a desatarse alrededor de mi cabeza. Me levanté de ahí tirando el tazón al piso y le dije:   –¡Qué has hecho de mí desgraciada! ¡¿Qué me has puesto?! –Y con una opresión en el cráneo que me llevaba a inclinarme y a mirarla condescendiente contra mi voluntad, la sujeté de una muñeca.

Con tono serio y malvado, expulsando una malicia y un deseo profundo de posesión.

–¿No me querías? ¡Ahora ya me tienes!  –Y soltó una risa que me hizo tambalear mis miembros, y comenzar, otra vez, a estar confundido.

–¡¡Ahora eres mío!!

Como pude la aventé y le di una cachetada. Mientras caía al piso como si ella hubiera tropezado y aparecía su compañera de departamento, salí como pude de allí.

Caminé por el pasillo, aturdido, y al llegar a las escaleras, un tanto atontado, tropecé al dar el primer paso para sentir el escalón y caí, mientras escuchaba el sonido de la voz de la amiga decirle algo a esa horrible mujer que había conocido. Ya en el descanso, más impactado que adolorido, escuché decir a la amiga, seguramente en el canto de la puerta del departamento: –¡Desagradecido! ¡Así agradeces cuando te dan, vete a la fregada! –Se escuchó el ruido fuerte de la puerta al ser cerrada. Estuve unos minutos ahí doblado en el piso, sintiéndome más aturdido, cuando me levanté, como pude con la presión en la cabeza, tratando de sujetarme de la pared. <<¿¡Qué diantres estaba pasando!? ¿Pero por qué? ¿Qué quiere esa mujer?>> Bajé los escalones. Llegué a la salida del inmueble, encorvado por la opresión en la cabeza y el mareo.

Eran cerca de las doce, el Sol brillaba al salir. ¿Qué iba a hacer? Como pude giré la cabeza y vi. Caminé por las calles. Habrían pasado poco más de diez minutos y el mareo se incrementó, de tal manera que me costaba reconocer en que dirección avanzaba. Entonces la oí, era el eco de sus tacones gruesos golpeando en el piso, caminaba de frente, hacia mí. Iba decidida, con falda pegada al cuerpo que le llegaba puño y medio arriba de los tobillos y una playera con cuello en V y escote profundo. En mi aturdimiento, tan sólo con verla abrí la boca y el malestar comenzó a menguar. –¿Y bien…?

–Yo… yo… –No pude evitar mirarla de abajo hacia arriba.

–¿Ya entendiste? –Dijo mientras se detenía frente a mí y la miraba, en ángulo agudo. El cese del dolor y el impacto de verla, así, ardiente y demandante me dejó perplejo. –¿Te decidiste! –Arremetió mientras adelantó con rapidez su pierna derecha y pisó el piso desafiante –¡¿O qué?! –, y me tomó del cuello de la camisa con una de sus manos mientras acercó su rostro al mío con un hambriento, intenso y oscuro deseo.

–¡Euhg…!

–Eres mío y sólo mío –Y sacó la lengua y me lamió el rostro desde arriba de la barbilla hasta la punta de mi nariz. Ahora estaba bien, y con una mujer descomunal frente a mí. Estaba confundido ¿Qué debía hacer?

–¡Eh! ¿Qué… qué es ser tuyo?

–Abre la boca –Abrí la boca y pegó sus labios junto a los míos en una especie de beso donde me hizo juntar mis labios alrededor de su lengua y pretendió comenzar a meter y sacar el órgano. Yo titubee, eso no me agradaba. Ella insistió, a mitad de la calle, tomándome con ambas manos por atrás pretendiendo forzar mi cabeza para consentir en lo que deseaba. Como pude me separé, y en ese momento, sentí levemente la presión en mi cabeza.

–Yo… –Apenas había comenzado a pronunciar palabra cuando ella me dio una seca y dura cachetada.

–¡Haz lo que te digo! –Y me volvió a agarrar el rostro, el aturdimiento terminó, y me penetró la boca con su lengua hasta que a su lujuria le bastó… Para entonces ya me había recuperado de la bofetada, pero ella no quería dar tiempo, cuando me percaté ya me había puesto una especie de correa en el cuello, que ella tenía sujeta por su cintura y me obligó a caminar tras ella mientras avanzaba no sé a dónde.

<<¿Pero qué estaba haciendo?>>, pensé. <<¡Yo no quiero esto!>>, y me detuve negándome a avanzar, volví a sentir la energía en mi cabeza. Ella se volvió como un relámpago y con brillo en sus ojos me miró, intentando jalar la correa hacia ella.

–¡Qué no entiendes! ¡¡¡ERES MÍO!!! –Y con un rostro tembloroso de rabia y deseo que reclamaban una posesión, junto con una mirada descomunal de lascivia controladora.

–¡¡No!! –Y jalé con todas mis fuerzas mi cuerpo en la dirección opuesta. Hasta que en mi desesperación y deseo de sobrevivir logré alejarme, con un mareo y una opresión en la parte superior de la cabeza que me impedían saber por donde daba cada paso. Avancé lo más rápido que pude. La mujer quedó atrás, pero la energía que me oprimía la mollera se incrementaba y el mareo también, más el miedo era más. Así anduve unos 20 minutos y la desazón no cesaba. Entonces vi un puesto donde venden incienso, amuletos, hacen curaciones y leen las cartas. Entré…

Atontado, me comenzó, también, a doler un poco la cabeza. Quien atendía era una persona de unos 55 años con canas y no del todo erguida. En su rostro moreno se veía el reflejo de una vida de experiencia. Conforme me acerqué a él, se me quedó mirando. –¿En que le puedo servir joven?

–¡Necesito ayuda! Nunca he creído en esto –Le decía casi doblando las rodillas. Creía que lo sobrenatural era cosa de la ignorancia de las personas…

–Siéntese –Y se hizo a un lado para que tomara asiento de un lado de la mesita que tenía en el local.

–Gracias  ­–De repente un dolor agudo del lado derecho me hizo inclinar la cabeza.

–¿En qué le puedo servir? –Y se sentó del otro lado de la mesa.

–Una mujer…me estoy cayendo de la desorientación y ahora me comienza a doler… –Me puse la mano derecha donde me dolía.

Lo que siguió no duró más de media hora. El entorno en el local se oscureció. El hombre comenzó a recitar unas palabras impronunciables y su fisionomía se alteró, se le veía más fornido y alto, la cara amable se volvió más grande y henchida, como la de un indio ancestral de conocimientos oscuros y ocultos. El pareció estar, junto conmigo, en otro lugar, como en otra realidad. La oscuridad se acercó a nuestro entorno y nos rodeo, como girando a nuestro alrededor. El hombre, ya a medio parar, continúo recitando frases de un antiguo idioma y se le veía un penacho con un plumaje no muy abundante y una especie de rama no muy gruesa, con dos especies de ovoides en los extremos, arrojando un humo blanco de la parte superior. De repente el hechicero dijo dos palabras con fuerza y lo negro se esfumó, yo quedé en mi silla agotado y sudando, y él apareció junto a mí, como lo vi desde el principio.

Con tono calmado el hombre me dijo –¿Todo bien?

Yo de repente tomé conciencia de mí –El dolor, el mareo… ¡Cesaron!

–Sí, claro, ya no lo molestarán más. Sabe, eso es típico de por aquí, hay personas que tratan de controlar a otras por todos los medios. Tuvo suerte, esto apenas empezaba. Pero no se preocupe ya puede hacer lo que quiera.

–¿Cuánto le debo?

–Son quinientos pesos.

Busqué en mi bolsillo y hasta que junté los quinientos. Después me daría cuenta de que no traía ni un peso más. Me fui caminando a mi casa. Diciéndome a mí mismo que jamás volvería por ese rumbo.

LA MUERTE VISITA

LA MUERTE VISITA

Por Luis Mac Gregor Arroyo

Caminaba rumbo a algún sitio en la ciudad. De esos en que uno va a perderse una o dos veces por semana con los cuates y las cuatas acompañado de un buen café o algún alcohol desinhibidor. Que la noticia de la semana, que subió el dólar, que ya sabes quién se metió con quién y… —Oye, ya en serio, ¿cómo te ha ido con la Laura?

—Bien —.Responde uno.

Se regresa uno al hogar, no sin antes pararse en la colonia Roma a comprar el café preferido. Con un kilo de grano de tostado oscuro, curiosamente preferí el de color tono medio.  Me aventuro, de nuevo, por las calles que me llevarán al Politrén, que recorre la calle principal de la ciudad, para ir a mi hogar, cuando, a un cuadra en la parte de atrás de un coche lujoso, viendo a través del vidrio bajado de manera parcial, se veía una mujer esquelética, como fuera de este mundo, con la piel grisácea, pálida en extremo. Parecía una muerta. Tras el impacto de verla por unos segundos, su imagen se volvió normal, a la de cualquier mujer de la alta sociedad en la parte trasera de su coche, manejado por un chofer profesional.

Agitando la cabeza y recordando que llevaba la bolsa con el café seguí mi camino. Media hora después ya me encontraba en la zona residencial donde estaba mi vivienda. En el trayecto no había podido dejar de preguntarme, ¿por qué se me habría aparecido… la muerte? Hasta ese momento relacioné la imagen de esa mujer con la parca.

¡¡¡CUASHHHH!!! De repente vi pasar un tubo de cobre enfrente de mí a gran velocidad. Lo seguí con la vista y después, lo innombrable… ¡¡¡SPUONKKHH!!!, el objeto cilíndrico cruzó a Laura desde la altura del corazón a la de la axila izquierda y ella cayó frente a mis ojos. No pudo quejarse, mucho menos pedir ayuda. Su muerte fue instantánea. LAURA, el sostén de mi vida, la cordura de mi existencia.

Apresurado llegué junto a ella y me hinqué. De alegre en la reunión con los amigos pasé a la devastación. En mis años abundantes de soledad encontrar a Laura había sido un golpe de suerte. Lo mejor que me había sucedido en la vida. Ahora había fallecido. Sin remedio, como un niño chico me puse a llorar junto a su cuerpo. La multitud se acercó. La desesperación del dolor y sentirme rodeado de desconocidos me abrumó… Una hora después estaba rumbo a la morgue y yo me retiré al departamento. Entre, perdido, al antecomedor. En la mesa estaba el calmante que le había recomendado el doctor para que se relajara de la tensión laboral.  Me le quedé viendo a la caja, sabía de antemano: “Qué más da”, pensé, y me tragué 25 de las pastillas, sin Laura, vivir otros treinta años de soledad, no tenía caso. Si había Dios se podía ir al carajo.

Tomé el blister y les quité la cubierta a un grupo de aproximadamente cinco pastillas, después a uno de diez y luego a uno de siete, me las tragué todas. Después me senté, y a esperar: “Me uniré contigo Laura, no, la soledad no me va, no es lo mismo”. 10 minutos después comencé a sentir mi corazón latir más fuerte y comencé a sentirme dolorido del órgano, aunque era manejable. Cinco más tarde me levanté un poco y sentí mareo, para ir de un lado a otro de la pieza tenía que terminar sujetándome de algo. Pero, ¿qué quería lograr? Nada, me iba a dejar fallecer. Después me senté en el piso con el rostro recargado en las rodillas. Desconocía lo que me esperaba; pero debía ser firme. La vida como antes no tenía sentido. De repente algo semejante a si algo bajara sobre mí todo se volvió negro. Me agité y volví a ver. Pero retomé, seguí en mi empeño. Si todo se volvería oscuro, sería así. Dos minutos después todo se volvió a obscurecer, ¿estaría muerto? Moví mis brazos pero seguía sintiendo los objetos del entorno ¿Sería que poco a poco dejaría de sentir lo de alrededor y fallecería al final? No lo sabía, pero la oscuridad no se sentía amigable sino como una terrible pesadilla. Decidí ignorar, me levanté como pude me guié por las paredes que sentía al tacto. Salí del departamento y grité pidiendo ayuda desmoronándome.

Casi de inmediato una vecina que venía por las escaleras se detuvo a auxiliarme. Había ya recuperado algo la vista. El salir del cuarto donde tomé las pastillas aminoró el efecto de la negrura en los ojos. A los pocos segundos de haber llegado la ayuda ya no podía hablar bien. Mi lengua se había hinchado. Tras la vecina que había llegado, llegó otra al oír el llamado de auxilio mío y de la primera. A fin de cuentas una llamó una ambulancia y la otra se dedicó a levantarme y a llevarme a la puerta de salida del edificio. Ahora comenzaba a ver todo como con una capa de película de color amarillo. Minutos más tarde un hombre se acercó a mí diciendo si necesitaba una silla de ruedas. No la requerí.

Me encaminé a la ambulancia que estaba frente al edificio. Ahí había dos o tres paramédicas. Me subieron al vehículo y entre que me recostaban y me mantenían parcialmente sentado mi vista volvió a estar bien aunque se me hacía pesado moverme. Sin embargo, conseguía percibir todo a la perfección. Una de ellas realmente no la recuerdo; la otra era muy atractiva, pero concentrada en sus preguntas, aunque más bien me pareció teatro para permitir que la tercera me preguntara más y tomara mi brazo.

—¿Te sientes bien? —Me dijo sentada a mi lado mientras permitió y casi colocó mi brazo extendido sobre sus piernas y mis dedos tocando su parte noble. Estaba tan atolondrado que pese a darme cuenta no me atreví a sugerirle nada… Eso sólo duró un par de minutos. Después una vecina, cercana de Laura llegó y me bajaron de la ambulancia para llevarme en el automóvil de ella. Posiblemente el coste de la ambulancia era alto.

Poco tiempo después ya estaba en la recepción del hospital. Supongo mi conciencia se iba y volvía por momentos, porque recuerdo como todo se fue dando demasiado rápido, aunque sin suceder de manera veloz. Casi de inmediato me pasaron a Urgencias. Ahí, como si pasara por una máquina preprogramada. Me pusieron una sonda nasogástrica, me hicieron un lavado de estómago antes de que me diera cuenta de ello, y para cuando ya estaba reaccionando, aparte de canalizarme en el brazo derecho, me estaban tomando permanentemente mis signos vitales con una serie de cables sujetados con ventosas a mi pecho. Ya no me quería quitar la vida. Quería salir para atender mi cafetería y no perder la clientela ganada, pues apenas estaba arrancando. Estaba por desesperarme; pero decidí mantener la calma. No era bueno tomar decisiones atrabancadas: “¡Ja! Como si no hubiera hecho eso en las últimas dos horas”.

Me sentí sólo, ningún pariente me había llevado ahí. Al parecer mi pensamiento fue leído y apareció por la puerta de la sala mi madre. Seguramente Gloria, la amiga de Laura, le llamó ¿Cómo consiguiera su teléfono? Ni idea. Las mujeres tienen caminos insospechados por los que actúan. Ahí estaba ella. A sus casi ochenta años. Entera, con los ojos húmedos, dispuesta a darlo todo y yo… Sí, triste por la pérdida de Laura… ¿Qué le podía decir a quien me trajo al mundo?

—¿Cómo estás mi hijito?

—Bien mamá. —Mas no pude evitar una voz llorona y que una lágrima escurriera por mi ojo izquierdo. Ella correspondió con la humedad en sus ojos y mientras lloré recatadamente. Esa noble mujer compartió el sentimiento. Laura había sido buena mujer y mucho mejor hija con mi madre que yo con ella. La extrañaba mi mamá también; pero más bien se veía dolida porque le apenaba mi situación, le preocupaba…

Mi mamá tan movida de piso, ¿qué nunca se preocupaba mi esposa por ella? Las mamás siempre se desviven por los hijos… “¡Ay! ¡Laura! ¿Ahora qué voy a hacer en la vida?” Vertí dos lágrimas más. Tragué saliva y me mantuve con esa mujer frente a mí, hacía nueve meses que no la veía.

—Hijo… —Y se puso a llorar adivinando mi sentimiento.

Me hice de valor —Calma mamá, no hay más que hacer. Uno debe serenarse y echar pa’ delante.

—SSíí —. Un par de minutos después, ya estaba repuesta —. Deseas que te traiga una cobija.

­—Aquí deben de tener. En un rato me la han de traer.

—Está bien, debo estar afuera, luego nos vemos.

—Sí mamá. —Al verla darse la vuelta, me envalentoné, ¿qué caso tenía que yo estuviera ahí? Ya no tenía síntomas. Si de llorar se trataba mejor hacerlo en casa. Igual y ahora sí lograría mi objetivo —¡Mamá! Y si me sacas de aquí por baja voluntaria. Volteó y se me quedó viendo muy seria.

—Hijo no sé lo que has pasado pero no debes salir de aquí hasta estar bien.

A la distancia. No muy lejos, el doctor del turno, escuchó sin querer el diálogo que inicié con mi madre.

Saliéndome lágrimas de un ojo y humedeciéndoseme el otro —De qué me sirve estar aquí si puedo llorar igual aquí o en casa. Además alrededor no hay ni una ventana todo está iluminado por luz artificial. El techo está bajo. Casi casi todo está para deprimirlo a uno.

—Pero no te puedo sacar. No estás bien, debes esperar.

—Mamá no puedo estar aquí ya me entubaron, ya me están picoteando cada hora para ver si tengo diabetes —, ya no lloriqueando sino con tono algo enérgico —. Parece que les urge más que la tenga que evitar el padecerla.

Sin que me percatara, el doctor estaba bastante atento a la plática. Era un hombre que conocía de la fisonomía de las personas y notaba algo evidente. Esa mujer de 78 años se veía desgastada, cansada, con necesidad de atención y aquel cuarentón casi en sus cincuenta años, era un testarudo, se le había ido la mujer, pero se negaría a amar lo que tenía enfrente por el trauma popular de que las madres están para sufrir no para ser correspondidas, ya que, como todo mundo piensa… “Eso puede esperar”.

Mi madre sintió mi tono y se me quedó viendo pensativa por un par de segundos. —Mira Rubén, le voy a decir al doctor; pero vas a dejar ese departamento donde estás o me voy para allá para estar contigo unos meses. Ya estoy vieja y si te pasa algo, me muero no sólo del dolor ¡Dios sabe a dónde terminaría!

—¡Ay, mamá!

—¡No! Lo digo en serio, te vas a poner mal sino tienes a nadie quien te cuide.

La plática fue interrumpida por el doctor —Ejumm, ejummm. Disculpen pero usted se encuentra en estado de observación y su mamá, al ser el pariente más cercano, está a cargo de usted. Si ella dice que lo dé de alta, entonces usted se podrá ir de aquí.

—Pues yo como usted lo recomiende doctor porque la verdad si no lo ve bien yo no me atrevo a permitirlo. —Dijo mi madre pretendiendo sensatez pero en el hilo de la fragilidad.

La llamé para que se acercara y el doctor aprovechó para desaparecer —Mira mamá, yo tuve 40 años de miserias por ti y ya estuvo bueno. Lo único que me dio vida fue Laura, así que, por favor, sácame de aquí.

Se me quedó viendo triste. Con mirada amarga, pensativa, como perdida. Como si nunca fuera a comprender —Le voy a decir al doctor y mañana temprano a las once te saco de aquí.

—Bueno sí ándale, ya de perdida. —Y se retiró con dirección a donde el doctor se había dirigido. No la volví a ver sino hasta el otro día.

El resto de la tarde me la pasé pensando en ella, en Laura. Lo mejor de mi vida se lo debía a ella. Por ella comencé el negocio del café. Increíble, por quien era prácticamente huérfana, comprendí lo que era amar. Llenaba de vida mis días. Nunca me fallaba cuando se trataba de irse de pata de perro por algún lugar. Cuando trabajaba, lo hacíamos los dos. Para mí el significado de la mezcla de la leche y el café se quedaba muy atrás con la manera en que nuestras vidas se entrelazaban. Éramos más allá que una simple mezcla en sintonía unas cuantas horas y fracción en la mañana. Nuestra rutina era continua, era la sucesión del disfrute por el gozo mismo de simplemente estar y compartirse. Donde quiera que iba siempre la tenía presente. Es como si pudiera sentir su presencia en cualquier lugar. Me daba seguridad. Me daba impulso. Me daba vida… Quedé con la mirada perdida y otra vez las lágrimas llegaron a mis ojos.

—Disculpe, la presión.

Voltee en la dirección de donde venía la voz y, antes de reaccionar, la señorita me había tomado del brazo y puesto el brazalete. —Se le ve muy triste oiga, ¿quiere que le demos un calmante?

Tensionándome rápido —¡No! No, prefiero superarlo solo.

—Como guste. Cualquier cosa me lo dice. Me llamo Martina. Soy la enfermera de la tarde.

El resto del día me la pase serio emberrinchado con mi ‘tragedia’. Necio a no dejar de intentar pensar lo desgraciado que era y, ¿sería? Así estaba mi confuso sentir y mis pensamientos cuando acabé tendido y me dormí.

A las seis de la mañana del día siguiente abrí los ojos. Frente a mi vista había un carrito con desechos de todo tipo de materiales de la Sala de Urgencias del hospital. Llamé a un enfermero y me enderezó el respaldo de la cama, logré sentarme y estarme tranquilo. La noche había borrado el berrinche. Ahora sólo tenía la angustia. Solo y sin tener a quien amar. Encontrar a alguien similar o quien me entretuviera sería posible. Al menos no habíamos tenido hijos. Eso ya me hacía sentir algo tranquilo.

En eso llegó una camilla con una mujer algo amarilla con su hijo al lado —Solemos llevarla a otros sanatorios, pero estaban cerrados por lo del corona virus. —Decía él.

Mientras abrían paso para colocar a la mujer a dos camas de distancia de mí —Sí, aquí nos arriesgamos, o al menos así le pareció correcto a los directivos. —Respondió la enfermera encargada. Mientras entre varios camilleros colocaron a la mujer en la cama asignada.

“Qué mala suerte, la vida te da un poco de amor y de súbito te da un golpe y te quita lo que más quieres. Como tener todo en un momento y de repente quedar vacío”, pasaron unas dos horas y por ahí de casi las nueve me llevaron el desayuno en una charola. De estar ensimismado en mis pensamientos pasé a estar absolutamente absorto en la charola y la comida.

—Le voy a quitar la sonda para que coma. —Me dijo la voz amable de la Aidé, la enfermera de la mañana. Y diciendo y haciendo en menos de cinco minutos ya estaba listo para comer.

Absorto observé la charola, que era doble, abajo tenía huevo con verduras y arriba atole, pan, una manzana cocida, una gelatina y un té. Comencé a comer sin la menor consideración. Tenía ganas de comer, de vivir, de salir de ahí y seguir mi día. Inicié por la manzana cocida y el pan con el atole. Después tomé la gelatina y pasé al huevo con las verduras. No estaba todo muy delicioso pero para haber tenido carbono en el estómago como alimento esto me sabía a la gloria… —¡Cinco… diez… quince! —Paré de masticar y me quedé con el bocado a medio entrar en la boca. La mujer que habían traído había sufrido un paro cardiaco y trataban de resucitarla.

Me sentí mal, de seguro llevaban como cinco minutos tratando de revivirla y yo no me percaté. Como alguien absolutamente ajeno al asunto, pese a estar casi a mi lado. Terminé por tirar toda la charola en el bote al lado de mi cama. Los paramédicos se reemplazaban, me toco ver como a tres tratar de revivirla. Le inyectaron epinefrina y siguieron intentando volverla a la vida. Ella era diabética.

Fue la segunda persona que vi morir en dos días y no fueron tres porque yo me negué a fallecer. Al declararla muerta el médico en turno, permitió la entrada a su hijo. Un hombre como de mi edad o más joven. Se acerco le lloró —¡Mamacita! ¡Mamacita, ahora qué voy a hacer! ¡No, mamá! ¡Qué voy a hacer, vamos, vamos piensa Rodrigoo! ¡Mamaa!.

Vi a ese hombre llorar desconsolado. Después entraron sus dos hermanas. Ellas casi no lloraron. Él estaba sin consuelo, desecho, como yo cuando falleció mi querida. Después se fueron las dos hermanas y el siguió ahí –¿¡Qué voy a hacer mamá!? ¡¡¡Que voy a hacer!!!

Algo pasó en mi viendo a aquel hombre. Se veía en peor situación personal y hasta profesional que yo, por el tipo de vestimenta que llevaba. Su mamá se había muerto, la persona que le había dado vida acababa de fallecer. Uno de esos seres que dan sin esperar recibir y uno da por hecho eso como natural en ellos esperando nosotros buenos tiempos para poder darles algo… “¿Tal vez? Si ese día llega…” Algo, algo vino a mi memoria.

—De qué te ríes —, le dije una vez a Laura.

—Tonto, el amor se otorga por que amar da amor a uno.

—Entonces por eso soy tan feliz.

—Yo soy feliz por ti y porque a alguien contigo le puedo dar lo que no tuve de joven.

—¿De qué hablas?

Y se me quedó viendo con mirada profunda y después sonrió un poco distante acabando por sonreírme: ligera, de frente, acariciándome los cabellos de mi frente —Ya lo sabrás —, respondió —, pero recuerda, te amo.

Eso había sido dos meses atrás. De repente, como un golpe a mi ser entendí —¡¡¡Yo tengo a mi mamá viva!!! —Ese hombre lloró lo que no le pudo dar y ya no podrá dárselo jamás —¡¡Laura —Y con la mano en el rostro me cubrí los ojos de vergüenza y lágrimas, y una extraña tranquilidad por comprender. Ella había sido así de feliz conmigo por mí y por… Entrando a la sala de urgencias alcancé a ver los cabellos canosos de mi madre: “…Mi madre”, pensé.

—¿Cómo sigues hijo? En media hora sales.

Atento, con los ojos abiertos —Sí mamá… Te mudas al departamento.

—Si quieres, pero vas a tener que atenderme.

—Lo sé… eso está bien.

Se me quedó viendo, fija. Me pareció que sus ojos se humedecían pero, como muchas veces, nunca lo sabía por cierto.

Laura ya no estaba, pero comprendí algo: Me quejaba y maldecía mi mala suerte o aprovechaba y disfrutaba del amor que tenía ahí, tal vez por no mucho tiempo. Una muerte es horrible, querer matarse es sumamente terrible, pero perder a la madre y no retribuirle: “eso, eso no tiene nombre y lo comprendí hoy”. Al menos supe algo ese día en la Sala de Urgencias no terminaría como ese pobre hombre. Quien de seguro no había conseguido ni una pareja y a su madre no le dio: atención, cariño y respeto. Trataría de aprender amarla y no quejarme por lo perdido sino ver por lo bueno por venir y, quien sabe, tal vez también habría otra Laura en mi vida.