Julia

Dedicada al Dios que todos hemos querido siempre.

EL ENCUENTRO

Tenía una ilusión. Una historia de una pasión descontrolada. Que posiblemente hubiera podido terminar en algo excelso… Pero ahora no lo sé. Camino como perdido por los barrios. Por las calles de la ciudad… Ahora no quiero un bar… Es de día como entre las 10:00 y las 11:00 de la mañana, pero no hace mucho Sol y hay nubes ¿Está ligeramente fresco o es de tarde? ¿Como por las 16:30 ó 17:00 horas? También hay suficiente luz y está refrescante sin llegar a hacer frío. Con alguna que otra nube; pero no del todo nublado. Se llega a ver bien la luz del Sol.

<<Bueno ¿Qué hago?>>, pensé. Llegué a la colonia Roma. <<No quería tanto pero ya estoy aquí… Pues voy a buscar… ¿Qué? No lo sé… ¿Amor? Bueno, ese se va dando. Tal vez quiera subirme al mercado de alimentos exóticos e ir al tercer piso a tomarme una cerveza en la terraza. Eso voy a hacer, ¡qué más da!>>.

Subo. Tomo una cerveza que me sirve una mesera no muy atenta. Me siento ajeno a ese lugar. De por sí está casi vacío. Excepto por otras tres personas que toman lo mismo: Otro hombre solo y unos amigos conversando. <<No, pues aquí como que no me hallo bien. Digo, está cotorro subir y tomarse su cervecita; pero debo hacer algo más. Aquí no es donde>>. Me acabo la cerveza, pago y dejo una propina a medias por el servicio a medias ofrecido.

Ahora qué, ¡esa era la oportunidad para hacer algo! Sólo debía esperar y ver cómo se ponía el ambiente. Tal vez debí quedarme tres horas, analizarlo. Ver si era propicio volver algunas veces para conseguir una aventura o algo más.

Afuera de ahí sólo me quedaba seguir. <<Sí, debe ser de mañana>>. No había casi gente en el mercado de comida. Casi todos los puestos estaban cerrados.

<<No tengo ganas de seguir>>, me agüité: <<Mejor voy a hacer algún pendiente. Esto se siente demasiado desolado y me evito ideas raras. Voy a cambiarme de clínica del Servicio de Salud. Sí. Eso es mejor. Es una friega pero al menos hago algo>>.

LA PUERTA DE LOS MUERTOS

Me fui en camión rumbo a la Puerta de los Muertos. Ahí en la carretera. A las afueras de la ciudad. El tiempo transcurría en ver los automóviles y los transportes de carga pasar a mi lado; en la dirección contraria. Solo. Sentado junto a la ventana de un camión medio lleno. Sujetando con mis brazos una mochila. Presionándola sobre mi pecho. Como casi siempre. Cuando la llevo conmigo para realizar algún pendiente. Es de esas que se cuelgan por la espalda.

Iba como ánima desvalida. Perdido en las imágenes de la ventana. Pensando si cerrar los ojos y dormitar para olvidarme de la mala pasada con la cerveza. Entrecerré los párpados e ignoré la realidad. Un poco entre sueños y volviendo al presente de vez en vez, volví a ver pasar los vehículos frente a la ventana… Pasaron 10, 15 minutos… Giré de mi lugar para estar más cómodo y ahí estaba. Desvalida. Echada sobre el asiento. Desparramada. Como perdida después de la batalla. Tras haber fracasado en una lucha sin sentido. Caída. Yaciente. Esperando a que el transcurso del viaje le pudiera hacer la vida llevadera. Si eso era posible. Contradiciendo su pesadumbre parecía de 18 ó 20 años. Aunque por un detalle. Alrededor de los ojos. Se descubría que tenía alrededor de 27 años. No sé por qué le dirigí la palabra pero, creo… Me atreví demasiado con mi comentario —¿Algo asolada?

—¿Cómo…? ¡No!, no lo creo…

—¡Ah! —Tratando de ser amable —Perdón no quise importunar…

—No, está bien. Tal vez me venga a modo el comentario. No me veo bien, ¿verdad..? Pero sigo en pie.

Sonreí como comprendiendo.

—Pero tú no te ves indemne —Me reviró.

Sólo pude responder con un —¡Uffff! —Sin poder ocultar mi situación. Además el golpe me llegó duro y directo.

—Hola, ¿cómo te llamas? Yo me llamo Julia.

Volviendo a la realidad, la saludé —¿Qué tal? Soy Hugo.

—Hola Hugo, ¿qué tal? Yo estudio yoga y soy técnica en sistemas.

Al parecer el platicar le cambió el semblante. Se veía como una persona un tanto triste y con la mirada perdida. Pero ya no era así. Cambió a una persona con gran amor propio y confiada en sus palabras ¿Le había agradado lo que veía? 

Al principio no la había visto bien. Conversé para no dejar. Estando solo, perdido y junto a una persona igual, sólo quise animarme un poco. Pero tal vez algo pudiera salir —. Yo me dedico a escribir en tres publicaciones.

—Mira ¡Qué bien! Eso ha de ser muy interesante ¿Qué te trae por aquí?

—Voy a cambiarme de centro médico. Voy a la clínica que está cerca de la Puerta de los Muertos.

—¡Qué bien! También yo voy a esa clínica. Doy clases en una escuela y tengo cobertura médica. Ahorita vengo de un curso especializado de yoga.

—¡Qué interesante! No he practicado mucho; pero a mí me agrada bastante el yoga…

—Sí. Es un ejercicio bastante completo y relajante.

—Hay quienes dicen que son posiciones del amor, y otros que son para relajarse y acercarse a Dios.

—Realmente es lo segundo. Lo primero es una desviación. Hasta el momento no he visto ningún tipo de yoga del amor.

—Pues sí.

Nos quedamos callados unos segundos. Sin decidirme a continuar; ella, ya más entera, se paró —. Me bajo en la que sigue ¡Oye! ¿Ya conoces Aureola? Ahí vivo.

Como no dando crédito a mis oídos la vi titubeante, pero realmente abriéndoseme. A mí, a un desconocido. Supe lo que tenía que hacer pero ¿haría lo indicado? ¿No tenía que cambiarme de clínica? A volar, ahora o nunca —. No; pero me encantaría, ¿Te acompaño para que me lo muestres?

—¡Va! —Sonrió.

No creía lo que me estaba pasando. Una mujer atractiva y yo haciendo clic de la nada, ¿podría ser cierto? Bajamos del autobús.

—Por acá —. Comenzó a caminar con dirección para entrar a su pueblo —. Es chiquito pero tiene su encanto. Llevo aquí viviendo 15 años con mi familia y se la pasa uno bien.

<<¿Familia?>>, pensé, <<¿Qué, tendrá ella familia? ¿Por qué no pregunté eso antes? ¿Estaré haciendo una tontería?>>.

—Vivo en casa de mis padres pero aparte. Digamos que hay un departamentito anexo. ¿Quieres ir a la plaza?

—Bueno, no estaría mal ¿Hay café ahí?

—Sí, creo que hay un par, pero son de esos donde venden también quesadillas y gorditas.

—¡Pues vamos para allá! Igual y así podemos platicar un poco más a gusto.

–Bien, luego caminamos por todo el pueblo para que te lo muestre.

–Me parece bien.

Fuimos por el camino que iba de la carretera a la plaza central del pueblo. En medio del sitio estaba el típico kiosco. Enfrente la iglesia, y del lado derecho e izquierdo, había portales. En los de la diestra había varios lugares para comer. Como lo supuse uno sería al cual iríamos a platicar. Al llegar cada quien tomó su lugar. Julia pidió un café y un sope. Yo sólo un cafecito de olla.

Para entonces ya la había visto bien. Ella lucía así:  Complexión media; pero sin sobrepeso. Con figura atractiva y juguetona. Cabello rizado y pelirrojo: Llegándole abajito de los hombros. Sus facciones un poco redondas; pero sin exagerar. Piel blanca y fácilmente sonrojable con la risa y los bochornos. Ojos de color verde claro amarillento. Nariz recta de tamaño medio. Labios carnosos, sin muchos adornos. Y vestida con una blusa de manga larga blanca, con el dibujo de una ola pintada con gruesas pinceladas de azul y un blanco más claro que el algodón de la prenda. Sus pantalones eran de yoga: Elásticos con franjas negras horizontales.

—Y ¿bien? —Con mirada inquisidora y seria. Como preguntando si era un hombre en quien debía confiar —¿Por qué le hablas a desconocidas en el transporte?

No supe en dónde poner el rostro y la mirada. Me tomó totalmente por sorpresa. Mis intenciones eran nobles; pero su temeridad me puso en aprietos por unos instantes. Sin embargo, haciendo acopio de fuerzas y sensatez, respondí —A veces me gusta conocer personas nuevas.

—Pero, ¿te gusta dirigirte con mujeres? ¿Verdad? ¿Y luego seguirlas a dónde viven? ¿Qué pretendes?

Definitivamente me sacó de mi zona de confort. <<Pero qué diantres quiere esta mujer. Si ella fue quien propició que me viniera a su pueblo>> —. ¡Oye no! Nada. Sólo conocer. Estar bien. Además me pareció que no te molestaba el ser acompañada para ver tu pueblo.

—¿¡Y qué!? ¿Te gusto o algo así?

Fue cuando entendí. Me relajé un poco –pese a estar temeroso–, pues esto se pondría mal o realmente bien. Lo directo de esta mujer me intimidaba —. Pues sí. Estás guapa.

—¿Nada más?

—¡Bueno, también eres agradable!

—¿No se te antoja nada más conmigo? —Sonrió un poco e inclinó ligeramente su cuerpo hacia el mío. Poniendo su rostro más cerca. Yo no daba crédito —. Sino, para irme —. Lo dijo un tanto sería. Entonces intentó levantarse.

—¡Espera! —Le dije y la sujeté del brazo. Mirándola entre asombrado y sin saber si atreverme o no…

—…¡Te vas a quedar ahí o me vas a dar un beso!

Y le di un beso.

—¿No me vas a dar otro?

Antes de que volviera a rebelarse le di algunos más. Lo que podríamos calificar como un beso bastante largo. Con diferentes tipos de acercamientos e intenciones.

Al terminar el ósculo, se volvió a acomodar en su asiento. De inmediato llegó la señora con los cafés y el sope.

—Entonces ¿Qué somos?

¡Vaya! Me tomó otra vez por sorpresa. Se me había pasado algo o ésta iba muy rápido —. No sé ¿Quiéres que andemos?

—¡Acepto!

Me alegré de que alguien fuera mi novia. Pero me preguntaba si todo esto no era demasiado repentino. Le gustaba tomar la iniciativa o deseaba ir a paso rápido. Eso me hacía preguntarme si estaba por acarrearme problemas. Si el noviazgo no acabaría. Como muchos otros. En el tambo de la basura. Sin decir ni pensar más, ambos nos imbuimos en tomar nuestro café.

No sabía qué decirle a esta mujer o joven. Porque yo tenía 47 años y ella 27. Le llevaba 20 y la verdad cómo tenía ganas de que algo me funcionara. Estaba espantado; pero si mi instinto no me engañaba, era una mujer prometedora. Tomé unos sorbos de café, y me atreví a preguntarle –con el temor de echar a perder todo —. Disculpa, pero ¿no te preocupa que esto se haya dado demasiado rápido? Digo, no me conoces mucho.

—Ya te conoceré y además, ¿no te gusto?

—Sí, sí me gustas.

—Entonces, dejemos que las cosas fluyan ¿Quieres probar sope?

—No gracias —. Recuperando un poco la confianza —. Disculpa la pregunta —. Me acerqué para darle un beso en sus labios recién bañados con la grasa del sope —¿Eres así de impulsiva para todo?

—No. Pero se ve que tenías ganas de tener compañía ¿No es así? Y yo también. Entonces para qué alargar el momento.

—Bueno. Me parece bien. Aunque por un momento me espantaste.

—¡Ya está todo bien! No te preocupes, chico.

—¿Qué más hay en tu pueblo?

Tras dar un suspiro, me explicó —Está la Iglesia; el Parque de el Recital, donde hay un par de canchas de tenis, y está la Casa de la Cultura Milton Gallo.

—Eso suena interesante. Me dio hambre. ¿Te molesta si pido un par de sopes para mí y luego vamos a conocer la Casa de la Cultura?

—Me parece encantador —. Depositó su sope de nopales sobre el plato y me brindó una sonrisa.

NOVIA

Ahora estaba feliz. Me encontraba con una mujer excelente. En un pueblito lindo e iba a conocer el Centro Cultural del lugar. Aunque, por lo simple del pueblo, me imaginaba que sería un lugar sin gran atractivo.

Tras dejar la plaza del pueblo nos fuimos por el camino del lado izquierdo de la iglesia. Avanzamos dos cuadras. Dimos vuelta a la derecha y –tras caminar un rato por las calles y dar dos giros más– llegamos a la Casa de la Cultura de Aureola. Al estar frente a ésta la vi durante un instante. Eso obligó a que Julia contemplara también el inmueble.

—Me gusta —, comenté —. También me agrada lo tranquilo y silencioso del lugar.

—Sí. Es tranquilo. Todo el pueblo es así; pero es muy agradable —. La voltee a ver mientras hablaba y al terminar su comentario le di un par de besos bien puestos —¡Qué cariñoso! —Me los devolvió, para después agarrarme del antebrazo y conducirme al interior del centro cultural. Presurosa por la emoción —. Mira éste es uno de mis sitios predilectos por interesante. Puedes pasear por sus pasillos y ver alguna actividad: Pintura, guitarra o piano, arte escénico, robótica para niños, escritura, yoga… ¡Siempre hay actividades! Nunca falta que te encuentres un buen amigo o conocido con quien platicar —. Poniéndose frente a mí me dijo como con la intensión de brincotear —¡Es un lugar encantador! Me gusta venir aquí y sentir que estoy de paseo, conociendo cosas nuevas.

Acerqué mi rostro al suyo y la rocé junto a la parte izquierda de la boca —¿Sí?

—¡Sí! —. Dijo eso entusiasmada y alzando el pecho no sé si intencionalmente o de manera espontánea y, cuando menos me lo esperaba, imaginé lo de ahí como si fuera un reflejo tras la blusa. Al subir la vista ella se veía rebosante de alegría, pero con un ligero toque de invitación. Me moví casi imperceptible hacia a ella. Lo notó y ella hizo lo mismo. Me abalancé sobre ella. Después no supe qué sucedió. Ambos nos perdimos en un rincón de un cuarto a medio iluminar. Fue algo tan intenso que ya no sé bien si paso todo, o sólo nos aferramos el uno al otro. Para fusionarnos durante un tiempo. Entre paredes antiguas y olor a arte.

Después nos miramos. No con deseo si no con amor. Yo viéndola alegre y ella con una sonrisa que me rebasaba. No pude más que volverla a besar. Iba a repetir cuando me puso el dedo sobre los labios, para que me detuviera.

—Tenemos que ir con María Eugenia.

—¿María Eugenia?¿Y quién es ella?

—Es mi madrina, la administradora del Centro Cultural.

—Vamos.

Me agarró de la mano y con una prisa alegre me condujo a su oficina. Tres libreros atiborrados de libros. Una computadora de escritorio con varias generaciones de antigüedad. Dos ventanas: Una que daba al interior del Centro Cultural y otra que daba a la calle. Tres pinturas de diferentes tamaños, de pintores desconocidos que daban un aire a Matisse, Miró y Guaguin, y un escritorio con dos bonches de documentos de papeles tamaño medio y el otro  de documentos pequeños. Además de un botecito en forma de cubo para depositar plumas, lápices, borradores y otras chunches. Finalmente un documento abierto frente al asiento de María Eugenia. Quien se veía muy concentrada corrigiéndole el estilo.

—¡Hola María Eugenia!

María Eugenia volteó. Se acomodó un poco los anteojos y sonrió —¡Hola mi querida Julia! ¡Ven para acá, para que te abrace! Y se levantó de su asiento para abrazar a Julia.

Estirando el brazo en mi dirección, Julia me presentó. A lo que María Eugenia me saludó con mucha afabilidad y me felicitó por visitar el Centro Cultural. Después comenzó una plática que se tornó bastante amena. La administradora nos contó sobre los últimos sucesos del ambiente cultural en la región.

Me enteré que la tan aparente vida apacible y de quietud del pueblo no lo era tanto. Resultaba que Aureola era uno de los lugares de descanso preferidos de los apasionados por el arte y el buen vivir. Aunque en sus calles, definitivamente, no daba el menor indicio de ello. Era como una contradicción: Lleno de vida por dentro; pero por fuera sumamente tranquilo y apacible. En el poblado vivía la pintora Rita Montalbo, famosa por sus escándalos amorosos y sus exóticos vestidos de piel. El monero Chayú, aclamado por su fino sentido humorístico y sus famosas fiestas bohemias. Y Juan Macedo, el eterno niño de la lidia. Quien en este pueblo no hacía más que descansar y alejarse de la ajetreada vida de la ciudad. De esos y de algunos otros personajes escuché comentarios en esa plática.

También supe sobre el futuro encuentro cultural de personajes a llevarse a cabo en la Casa de la Cultura. Donde cada semana un artista de la comarca hablaría sobre sus experiencias de vida y arte al público. Hasta el momento de los siete invitados a dar esas conferencias, cinco ya habían confirmado.

Estaba absorto en la plática y Julia no lo estaba menos. Fue entonces cuando se escuchó un toquido en el marco de la puerta. Los tres volteamos y vimos al torero Juan Macedo. Yo no era apasionado de la lidia pero a un vecino de por donde viví de chico le gustaba ir a ver torear a novatos y veteranos. De vez en vez me llevaba. Así que no era del todo ajeno al mundo taurino. Aunque era una práctica con la que no me identificaba demasiado. Lo que sí me tomó por sorpresa es el brillo de los ojos de Julia al ver a ese personaje. Se llenó de alegría y se paró para darle un buen abrazo. Aunque no me considero celoso, sí sentí un poco de cosquilleo en mi sangre al ver la escena. No pude evitar un ligero brillo de recelo mostrándose en mi mirada y rostro.

—¡Hola! ¿Cómo estás? —Mientras ella lo abrazaba con gran confianza.

–Bien Julia, ¿cómo iba a estar? —Tras ver a Julia en los ojos giró su mirada a los demás. Julia volteó a verme y antes de cualquier mal entendido intervino —.Hugo, éste es el hermano de mi mamá, mi tío predilecto. Tío te presento a Hugo.

Ya para entonces Juan Macedo se había separado de Julia y se dirigió a mí ofreciéndome un saludo de mano —Mucho gusto.

Mi mirada cambió para ser recatada y amable. Le correspondí el saludo dándonos un buen apretón de manos —Mucho gusto —, correspondí.

Después el visitante volteó con la administradora del Centro Cultural —María Eugenia. Vengo a saludarte y a ver lo de mi plática sobre la lidia.

—Me parece muy bien Juan, pásale.

Al ver, Julia, que estábamos apretados me tomó de la mano, y le dijo al visitante y a María Eugenia que nos retirábamos para ir por ahí. Yo sólo me despedí y salí junto con ella, sin saber dónde era eso de «ir por ahí».

—¿A dónde vamos? —le pregunté.

—Vamos a despedirte. Te voy a acompañar a la parada del camión porque ya es tarde —. El tiempo había pasado rápido. Eran aproximadamente las nueve de la noche y me encontraba como a más de una hora de distancia de mi casa. Así que nos encaminamos a la carretera.

El camión no tardó en pasar. Así, que antes de subirme a él, me dijo —¡Beso! —Correspondí a su solicitud y al poco tiempo me encontré yendo rumbo a mi casa con una sonrisa en el rostro. Esta vez la imagen derrotista y desguanzada fue eliminada de mí.