Revista para caballeros

AMOR DE PROSTÍBULO

¿HASTA DÓNDE SER PROFESIONAL?

¿HASTA DÓNDE SER HUMANO?

DICHO POR UN NECESITADO

En la calle

–Párate allí y atiende  Me dijeron. Estoy necesitado. No tengo ni para pagar un cuarto y pasar la noche. Sólo tengo mis ropas y unos cuantos triques en una maleta… El problema es que, ¿qué voy a hacer si se para un hombre? A las mujeres no les da por estos servicios… ¡Si no soy gay!

–Hola guapo, ¿qué haciendo aquí?

–Yo pensaba que no se permitían servicios femeninos por aquí, porque, ¿eres mujer, verdad?

–Lo dudas o quieres que te lo demuestre.

–Pues te ves muy sexy…-

–Espera nene, ¿quieres que te lo demuestre? –Y abre el ropaje sobre su pecho y me muestra sus senos torneados. Por un momento quedo tonto -¿Y qué? ¿Te gustan?

–Sí, pero la verdad no tengo con qué pagarte. Además, como verás, yo también busco clientela.

–Pues yo ya acabé, no te gustaría un rapidín conmigo. La casa invita. Es más, lindo. Si quieres te quedas toda la noche.

Como no creyendo mi suerte no lo pensé dos veces y acepté. Mi problema de la noche estaba resuelto, ya mañana vería qué hacer. Además hacía mucho que no estaba con alguien y… me habían prendido sus senos.

Me guió por una calle de tantas de la colonia y me condujo a una construcción de un piso que albergaba varios departamentitos. Entramos al primero del lado derecho del pasillo y con mi corazón latiendo la puerta se cerró para dar paso a la noche.

Encantado

Fue la mejor noche que había tenido hasta entonces en mi vida y eso no era todo, estaba enamorado de alguien de dudosa reputación y que sin parpadear podía cerrar su puño, haciendo añicos mi corazón.

Escuché el ruido del agua proveniente de la cebolla caer al suelo. Esa mujer de experiencia me había atrapado en mi pichonés. En ese momento salió del baño cubriéndose de la cintura para abajo con una toalla, de la cintura para arriba no traía nada. Me comenzó a dar la espalda y se dirigió a su espejo mientras me dijo –Me agradas ¿Te gustaría trabajar para mí? –viendo su reflejo comenzó a acomodarse el cabello –Necesito alguien como tú, que me ayude con un proyectito que tengo. No hay mucho dinero pero como prestación te puedes quedar a dormir y a comer aquí ¿Te interesa?

–Sí, pero, ¿eres sexo servidora verdad?

–Sí, ¿no te lo parezco?

–Pues… sí.

-No te preocupes voy a tener buen cuidado de ti. Salgo a trabajar de 8 p. m.  a 2:00 de la mañana; pero no te asustes tú trabajo no tiene nada que ver con eso. Eso sí, me debes de atender bien cuando regrese ¿De acuerdo?

Ese fue el inicio de una relación personal y laboral salida de una novela kitsch y extravagante. Al medio día atendía sus necesidades, en la tarde trabajaba armando cigarrillos con envolturas exóticas y mensajes de la fortuna que también yo redactaba y, durante la noche, como Karla no tenía televisión, me dediqué a leer los libros y escritos que tenía en un librero bastante maltrecho,

Con el tiempo me fui volviendo bastante hábil en desarrollar mis labores, y esa mujer ardiente fue bastante considerada con lo que me compensaba por mi trabajo, y no me dejaba gastar nada para la casa, sólo decía que mi labor era estupenda. Realmente no sabía si era cierto o no pero comencé a hacer un guardadito, a la par de que se me acababan los libros y me quedaba cada vez más tiempo libre… era feliz.

Pensé que esa buena racha no duraría y no quería estar ahí para cuando todo terminara. Seguramente ella se hartaría de mí y encontraría a otro. Aunque no daba vistos de eso y al contrario me mantenía contento también dándome ciertas libertades, y hasta propiciándolas. Yo me decía que todo era demasiado bueno como para perdurar, pero me encantaba su descaro y lo bien que me trataba, así que continué.

Así el tiempo pasó y yo comencé a adquirir algunos otros textos, con su permiso, pues tenía que guardarlos en su casa, que no era espaciosa, y comencé a escribir. Y mi vida continuó: sexo al medio día, trabajo en la tarde y lectura y escritura en la noche. Ya no me pude zafar y ella. Como me llevaba siete años de edad y la experiencia de varias vidas, decidió por mi apenas dándome cuenta yo, y no me dejó ir.

Fue así como reuní el material para mi primer texto largo: Libertades encontradas en la intimidad que era una narración como de amor en el prostíbulo. No fue fácil escribirlo y abrir mi vida y mi perspectiva al público; pero funcionó y se vendió.

Ahora soy famoso, tengo una pareja que me ama y, a veces, me voy a ofrecer mis servicios en las calles a las damas, nada más para no dejar.

EL MAL

En el mar había una tormenta. Un hombre canoso con cabellos y barba blanca estaba en su barco con el mástil roto. La embarcación iba en la dirección contraria al angosto abismo que trataba de dejar atrás ¿Estaba conforme con esa embarcación que quería ir para adelante pero no avanzaba?

Al ir por la abismal hendidura, uno acababa en una especie de gran casa hindú. Ahí se entraba al cuarto de estar, de ahí a otra puerta para adentrarse en un cuarto de menor tamaño, con unos cuantos ornamentos y mobiliario. De ahí uno avanzaba a otra pieza y a otra y a otra. Cada una menos llamativa hasta llegar a un cuarto con espejos a los cuatro lados como queriendo llegar al infinito y adentrándose a otra dimensión.

Era la guarida del mal. Ahí donde, quienes son infelices, buscan la salvación o ayuda para sus desgracias. Al entrar ahí se liberaron como por magia uno de los gurús más famosos de la historia, su aprendiz, un hombre de unos 57 años con lentes, la esposa del aprendiz, y el hijo de aquel cincuentón.

Todos se habían embarcado en una aventura para ayudar, al menos algunos de ellos, otros simplemente sabían la verdad. Cuando en todo el planeta al menos tres cuartas partes tienen religiones donde Jesucristo es el principal o se le considera relevante, y se encuentra uno en algún lugar diferente, es porque algo anda mal.

Cualquiera en su sano juicio sabría que algo abría mal y no, necesariamente, recurrir a un santo oscuro o algo así, sino el no reconocer que el poder de Dios es lo más alto que hay.

En fin salieron esos cinco ingenuos de su apuro, me pregunto a quién le achacarán tal suerte ¿Al hermano del cincuentón? ¿A la mamá del cincuentón? Yo lo dudaría y mucho.

Ahí están cuatro de esos hombres libres y se preguntan, si ya la hicieron. Mientras el famoso gurú dice –no hay duda que no conocemos a Dios, aún hay que buscarlo, pero estoy sobre su pista, ya lo encontraré. Sin duda corrimos con suerte y Krishna nos alumbró el camino.”

El más joven de todos le dijo: –¿Oiga, no quiere un valium?”.

El gurú rió nervioso y dijo –Vaya joven qué ocurrencias, estuvimos en algo muy serio. Es momento de dirigir la gratitud a Balá, nuestra deidad guía.

Minutos después, tras dirigir la gratitud a dicha deidad. El gurú y su contingente caminaron fuera del recinto, y antes de dirigirse a sus correspondientes camas, pues se encontraban ahí espiritualmente, el aprendiz le inquirió al hombre conocedor –Disculpe doctor Sopas, usted cree que me alcance con un milloncito para pagar sus servicios por otra semana.

–Bueno no cabe duda que me la he pasado bien con todos ustedes, pero yo diría que dos están bien –Si claro. –El hombre como no queriendo volteó a ver a su esposa quien le hizo ver que era una suma considerable; pero sabiendo la calidad de los servicios siempre prestados por Sopas, le dijo le depositaría a primera hora del día siguiente.

La mujer se ensimismó en sus pensamientos. Por un momento se sintió aislada de los demás. Recordó a su papá, aquel buen minero que se las vio duras en sus últimos días, <<si mi papá estuviera aquí pondría orden a todo esto>> y volvió a la realidad. Era curioso que su bisabuelo y su papá tuvieran mirada similar… pues sí, así eran los genes.

El doctor sopas se despidió y todos volvieron a sus cuerpos en sus respectivos hogares. La vida seguía <<en qué me estaré metiendo exactamente>>, se cuestionaba el heredero de los Mac Gregor en México por la línea paterna o, al menos, el de su familia cercana. Como buen escocés, se imaginó en los páramos, en la cima del acantilado, frente al mar, podía sentir el latido del ciervo rojo en su cuerpo y asimilaba su respiración. A la mañana, el primer pensamiento que llegó, le hizo ruido <<esto que estamos haciendo no se ve bien. El venado se percibe mejor se siente mejor ahora, afuera>>.

Su hijo, el joven estudiante de doctor, se levantó de prisa a la mañana. A la carrera se hizo un café con leche y se puso atento a su clase en línea. No se podía quejar, vivir en una casa de interés social ya era algo, aunque la verdad, estaba más acostumbrado a cosas mejores. Pensaba <<de verdad que mi tío está en las últimas para haber pensado venir a vivir aquí>>.

A poco más de una hora de distancia en avión, el susodicho tío leía uno de sus múltiples libros y se puso a considerar, si habrían dejado en paz al Duque, el contacto de los Mac Gregor en Escocia. <<Soñar y ver a mis parientes hacer sin sentidos, mientras ellos creen que no los ven ya es un poquito demasiado>>. El hombre dejó de leer y miró al frente me pregunto que habría pensado Rob Roy al respecto. Sin duda alguien quien tenía cáncer pudiera tener la mejor respuesta, el primogénito de los Mac Gregor en Nueva York.

Desvió su pensamiento. <<Ojalá, fuera así… No lo merezco pero por lo que veo, por atrás, en lo oscurito, voy a tenerle que echar la manita a ese minero casi sesentañero ¿Sabrá que Dios existe? Yo así lo espero, porque no tengo mucho más que darle a mi hermano…>> El joven sopesó sus pensamientos y se quedó quieto, de repente como reaccionando, “¿habrá alces en escocia?”.

El que para muchos resultó en un momento el prototipo para salvar al mundo, dio un sorbo a su café. Regresó a su libro y continuó. Sin duda, el paraíso puede esperar. Ya Dios dirá.

DIOSA

Iniciaba la tarde. Estaba medio aburrido. Veía unos documentos y buscaba información en internet, cuando decidí ir al chat de Con ímpetu. Donde todos tienen una foto de su rostro, para platicar con alguien. Puse mi correo electrónico secreto, la contraseña y entré.

No había muchas personas en el cuarto principal y los especializados no eran de mi interés. Los nombres que llamaron mí atención fueron DiosaNegra y de rombos, y Nadia.

–Hola, qué bonita tarde –escribí para ver si llamaba la atención de alguien.

Pasado un minuto, Diosa respondió –Sí, ¿verdad? Ya casi inicia la noche.

Respondí en breve –Sí, se ve que será más fresca de lo usual, para mi gusto.

–Si la noche será fresca, ¿por qué no empezar ya?

–Me quedé asombrado, no demasiado, y respondí –¿Plática u otra cosa…?

–Plática, por supuesto

–¿Sureste de la ciudad?

–No, noroeste.

–¿Has ido al Langosto?

–No se llama así, es lo de menos, nos vemos en el Tinta roja que está a dos cuadras de ahí, en la calle Marmol Mate, a las siete.

–Okey.

–Bueno, bye.

Le respondí un par de veces más y pese a seguir en el cuarto de plática no contestó. Alguien, quien se consideraba especial, suponía. En su foto se veía extraordinariamente derecha y de porte muy cotizado.

Llegué al Tinta roja y no la vi en el interior del bar. Tenía la apariencia de un barco pirata con la luz roja. Esperé afuera unos momentos. Un poco pasado de las siete entré al local mirando a mi izquierda y luego a la derecha. Antes de dar un paso atrás para salir, como de la nada, la vi del lado izquierdo. Caminé rápido hacia ella. Ella sonrió ecuánime y ligeramente burlona. Sentí un hormigueo frío en la espalda. Se veía que no era para poco experimentados. Me senté.

–¿Pulpo negro o vino? –Me dijo con una sonrisa.

No sabía si era de gozo o por ser solamente así. Era de gustos heterodoxos y si no se le daba lugar, simplemente se ausentaba; no se fue.

Apareció la mesera con una sonrisa ligera, más serena que la de Diosa.

–Vino tinto, por favor.

Se retiró sin decir palabra.

Disimulé mi decepción por su ligereza, no sabiendo si expresar algo, o voltear al frente y ver a Diosa, cuyo porte era perfecto; pero hice por no enterarme.

–¿Quieres queso roquefort?

–¡Sí! Asentí sin pensar más que agradar para estar a la altura, y me comí un par de pedazos.

–Sonrió, más amigable –Tiene cerdo– Dijo casi tímida.

Al yo asentir, sin comprender el por qué, sonrió más.

–Quisiera decirte que trabajo vendiendo plantas.

Ella siguió sonriendo.

–Me gusta el cine

Volví a verla y sonreía; pero no respondió.

–Mi película favorita es Drácula de Coppola.

Su sonrisa se incrementó de tal forma que no sabía si se burlaba de mí o podía abrazarla. Intenté rodearla con mis brazos, estando ella al otro lado de la mesa, sin éxito. Cuando volví a retraerme, ella subió, ni muy lento ni demasiado rápido, su cuerpo, levantando y bajando sus hombros coqueta e inclinándose ligeramente hacia adelante. Seguía sonriendo y abrió apenas su boca.

–¿Champagne?

Yo sabía que se estaba divirtiendo con la situación; pero tan reservada y a la vez honesta, que no sabía cómo proceder.

–No sé.

Ella sonrió más.

–¿Vamos afuera?

Con su comentario, se me fue el piso. No sabía si deseaba ir a otro lado o simplemente era un hasta ahí. Después de hablar tanto yo, me sentí fuera de lugar y ligeramente solo.

–¡Bien!

Pagué tras beber el vino servido y ella su último trago de Pulpo negro.

Al salir, caminó con porte distinguido que movía sus hombros de manera provocadora y pretendía disimular la sexualidad de su trasero, resaltado con la firmeza y finura de sus pasos, que en ese momento me pareció un apetecible bocado de carne.

Al salir, ella se detuvo ligera, erguida, y me le acerqué más de lo que marcaba la decencia. Se dio la vuelta y su rostro quedó un poco más cerca del mío, de lo considerado usual. Podía percibirle su respiración y como sacaba su aliento provocador.

–¡El puché!

–Estuvimos en el cuarto veinte minutos: fue corto, fatal y preciso. Al salir yo ya era parte de ella.

Al principio no lo noté; pero los días eran diferentes. Se sentían fríos y algo soñadores, somnolientos, como con una ligera sensación de alcohol en mi sangre. Mí ánimo menguó: era menos férreo, con la ligereza de estar, de manera sutil, en una bohemia francesa.

Los días que siguieron me interné en su ambiente. Era culto, educado, alzado. No bastaba tener un conocimiento medio. Alguien con mi medianía sólo podía ser tratado con respeto disimulado, mientras los cercanos de Diosa mostraban, de soslayo, miradas que brillaban, como las de quienes de tanto estar en cierta cúspide del estatus, no pueden evitar mostrar una creencia oculta de superioridad.

La vi seguido. No podía creer estar a su lado. Era una dama. Una mujer auténtica de la alta sociedad. Una Diosa. Tenía más conocimiento que yo. Cuando decía algo, con sólo tres palabras, ella mostraba una diferencia abismal de capacidad entre los dos. Mi imaginación a rastras podía alcanzarla. Ella solía sonreír y subir su rostro altiva, sacando un aíre ligero por entre sus labios abiertos de manera sutil, apenas mostrando sus dientes. Me hacía entender que era su querido y ella una adonis a tono con sus reuniones.

El amor lo hacíamos una vez por semana. El resto del tiempo me imaginaba su porte, y su conocimiento deslumbrante y envolvente. Había veces que no la podía encontrar. Ella parecía disfrutar de la pesadumbre en mí. Al escucharle y verla aspirar menguaba mi dolor. Nunca obvió percatarse de la situación; pero se le veía con más vida. Su cuerpo, cachetes y labios tenían más vigor. A poco más de dos semanas, era evidente su vitalidad mientras la fuerza se me iba.

Un día nos quedamos de ver enfrente del Teatro acre. Me acercaba al inmueble y no la veía. Había una mujer esperando a alguien, al igual que un hombre a unos siete pasos. A la izquierda estaba otro varón, que con su cuerpo parecía cubrir la figura de una dama, a quien parecía tocar por la cintura, pero no se distinguía bien. Al estar más cerca noté que la mujer era Diosa. Me vio, sonrió y volteó su rostro de nuevo hacia el hombre, para decirle algo. Él volteó, me miró, y al estar junto a ellos me tendió la mano. Según supe después, era el representante de la agencia de moda de Diosa.

–Buenas tardes. –Le dije. Verdaderamente estaba bastante sospechoso ¿Realmente la habría sujetado de la cintura?

Como si ella leyera mi pensamiento, su sonrisa menguó un poco. Eso me hizo dudar. En su rostro se mostraba la preocupación de quien no desea inquietar.

–Buenas tardes señor Alguín. Me presento. Soy Mosieur Rabiñoun, el agente de Madame D. –Respondió con acento francés.

–Mucho gusto –Respondí conteniendo mi ira. Apenas disimulándola.

Diosa intervino –¡Rabi! Entonces mañana te veo.

–Muy bien. –Volteó hacia mí –Mucho gusto señor Alguín, un gusto conocerlo –Tomó mi mano derecha entre las suyas y se despidió.

El disgusto pasó y mi humor se tornó templado.

–¿Y bien? –Dijo Diosa

–¡Nada! –Intenté inmutarme, como a ella le gustaba; pero esta vez me costó trabajo.

–¡Bien! –Sonrió alegre y me dio un beso que apenas rozó mis labios. Después entramos al teatro donde se vio ligeramente más atenta de lo usual y, al salir, se agitó frente a mí. Movió su cuerpo de manera sugerente, con entrega y mayor alegría a lo común en ella. Cuando hacía eso me quedaba fuera de balance. Esta vez no fue la excepción. No quise perderme el tenerla. Terminé en su casita de huéspedes, al fondo del jardín de su casa. Ahí lo hacíamos siempre. Según ella, para no perturbar a su abuela, quien solía estar en la habitación anexa a la suya. Pese a nuestra cercanía, todavía no había podido tener acceso a su recámara.

La mayoría de la semana pasó sin novedad pero con la angustia de no estar seguro de lo que había visto. En el poco tiempo de conocerla, cuando la veía, su desenvolvimiento perfecto arrancaba una parte de mí. Nunca me había dado una razón evidente para provocarme celos, hasta ese día con Rabiñoun ¿Realmente la había sujetado de la cintura o lo imaginé? ¿Cómo podría yo competir con un hombre así? Sin duda era culto, mientras yo sólo pretendía serlo ¿Me engañaba Diosa?

Al otro día, temprano, recibí una llamada de ella. Siempre me telefoneaba en la mañana. En la tarde solía dificultarse el hablarle, salvo cuando ella tomaba la iniciativa.

–¡Hola Alguí! ¿Quieres repetir en la casita mientras te acercas a mí babeando al verme avanzar?

–No lo sé… No lo creo.

–¿Te provoco?

–Bueno…

–…¿Ya viste que bonito nublado hay, junto con uno que otro rayo púrpura proveniente de la puesta?

–No, no me he asomado todavía ¿Nos veremos hoy?

–No, tengo una reunión importante. Veré a los sudamericanos con las propuestas nuevas.

–Pero…

–¡Me tengo que ir! –Con voz seductora –Beso. –Y colgó.

En el cuarto me pareció percibir el olor de su inmueble; pero desapareció al poco rato, cuando me entraron los celos otra vez.

A las 18 horas me dirigí a su casa. Las luces de la sala estaban prendidas. Me acerqué y a través de las cortinas translúcidas la vi con tres hombres. Dos sentados en un sofá y ella con el tercero en otro. Todos platicaban con interés, cuando ella se acercó provocadora al hombre junto a ella y terminaron dándose tremendo beso.

La lágrima brotó de mi ojo izquierdo. La mujer que me había cautivado tanto no dudó ni un segundo en lo que hacía. Fuera de mí toqué la puerta con estruendo. No recuerdo si la llamé. Noté que la luz de las ventanas se oscureció y nadie me abrió. Me puse a llorar desconsolado y desfallecí.

Desconozco cuanto tiempo estuve en blanco. Cuando me levanté ya era de día. Si los visitantes de Diosa se habían retirado y ella me había visto tumbado, frente a su puerta, no había pista de ello.

Me levanté. Por el Sol debían de ser como las 10 a. m. Se abrió la puerta de la casa y Diosa estaba ahí, con su bata violácea, en el marco.

–¿Qué haces aquí? Entra.

–Avancé como sonámbulo hacia adentro. Cerró la puerta y en la sala me hizo descansar en el mismo lugar donde estuvo la persona que la besara. Me inquieté y ella lo notó.

–¡Espera! –Extendió su brazo izquierdo hacia mí, con la palma levantada de manera parcial –Por algo me llaman Diosa –El tono de su voz me hizo no intentar de dar a notar mi fragilidad con palabras –Me preocupa tu inquietud y deseo ayudarte. Eres importante para mí Alguí; pero soy una persona con deberes, explicarlos no es para ahora, quiero que sepas que te quiero.

Al mencionar la última palabra sentí, como era costumbre cuando se hacía sentir en mí, un cosquilleo en mí espalda; pero esta vez acompañado de una debilidad en mi pecho, poco usual.

–Soy pasión y estima, cariño y deseo… amor. Quiero todo lo bueno para ti. Te voy a hacer muy feliz. –Me vio con ojos de un profundo sentimiento y no pude más que creer. –No hay nada más importante para mí que tú Alguí. ¿Sabes? Estás con alguien quien te da más que cualquier otra persona. No debo mencionarlo pero eres sumamente afortunado. Hombres me desean, pero sólo tú eres mi pareja –Se acercó y me dio un beso profundo, con entrega. Veinte minutos después estábamos en su casita de huéspedes.

Una hora después me despidió. Cerró la puerta y quedé desfajado sobre el mismo lugar donde había perdido el conocimiento. Miré al suelo. Donde estaban mis pies y me dije, <<¡qué es todo esto!>> Mientras mi cuerpo temblaba ante mi rebeldía.

Tenía una lucha interna entre mantener mi independencia o seguir con ese amor que me intoxicaba. Era una lucha entre el destino o la fatalidad.

Cuando me di cuenta que estaba bajo la sombra de un arbusto y un árbol que dejaban pasar unos rayos solares diminutos, me había encorvado en mi lucha, hasta casi llegar a mi cintura. Mi cuerpo se agitó dos o tres veces y desesperado grité –¡¡Qué hago!!

–Una voz me respondió –¡Olvida todo! ¡Sigue tu camino!

–Pero, ¿cómo?

La voz, como si fuera copia un poco más grave que la anterior, dijo –¡Cede!¡Entrégate!

En mi confusión terminé por no saber contra qué luchaba. Cuatro minutos después caminé rumbo a casa. Parecía haber olvidado la angustia: Ya no sólo era parte de ella, cuando tenía una inquietud y preguntaba al aire, esa voz me aclaraba mis dudas. Al poco rato comprendí que era Diosa misma quien me acompañaría cuando hiciese falta.

Al otro día en la tarde, me habló –Hola, ¿cómo estás?

–Bien…

–¿Mi compañía te hace bien? Te dije que eras importante para mí.

–Yo… Me… ¿Cómo es que…?

Interrumpiéndome –…Sólo déjame en ti.

Apenas –Sí..íí…

–Ahora, tengo que hacer. Voy a estar ocupada en la tarde. Te sentiré en mí. No me extrañes –Seductora, fatua –Bye… –Y colgó.

Me quedé con el corazón colgando sobre un hilo. Sentado. Inerte. Con mi limpidez dañada. Tres horas después seguía a la orilla de la cama. Aún sin saber que ella estaba con otro hombre, me solté a llorar y cubrí mi rostro con ambas manos.

Al otro día, muy temprano, tocaron a la puerta. Como no abría, ella terminó por utilizar las llaves para entrar. Estaba en el suelo tirado. Las ropas batidas y el rostro con la marca del camino salado y seco que las lágrimas dejaron sobre mí. Al verme ella se inclinó, parecía no creer que yo hubiera sufrido tanto. Se inclinó para acariciarme el rostro –No sufras –con una pequeña y profunda pena; pero supeditada a su predominancia de Diosa.

Sin dejar de mirar hacia arriba, con ningún movimiento en los ojos le dije –¡Vete! –Fue de tono bajo y perdido. Se dio cuenta que había llegado demasiado lejos. Me había deshecho tan rápido que no tuvo tiempo de absorberme por completo. Caí en el camino. El terror se apoderó de Diosa. Como si hubiera visto algo oculto y aterrador de ella reflejado en mí. Por miedo a no ser partícipe de una muerte, se alejó veloz y cerró la puerta fuerte al irse, perdiéndose para no volver nunca más.

Los días que siguieron pasaron lentos. En mi luto enflaquecí y la tristeza estuvo poco menos de un mes. Se había equivocado. Estuve flaco y decaído, pero no iba a perecer. A la semana y media supe que lo sucedido me había impedido verter una lágrima más cuando la sentí partir. Era mi hasta aquí. Tres meses después ya estaba casi repuesto en lo físico. En lo anímico estaba maltrecho, pero con camino a seguir. La Diosa había resultado la muerte misma, una mujer fatal, la revelación del mal oculto en una mujer perdida. No había diosas, había engaños sobre la concepción de lo que es la vida, y yo ya estaba listo para lo real.